El silencio abundaba en la habitación, unos venían y otros regresaban, no había tanta gente como se pensaba, ni tan poca como para desilusionarse. Se podía sentir una mezcla rara de emociones, algunos se lamentaban de lo sucedido, mientras que otros le echaban la culpa a aquel que ya no estaba allí, como si este pudiera levantarse a responderles el porqué de su decisión. Lo cierto es que ya no había tiempo para reclamos, una vez que se cruza ese umbral es muy difícil volver, la decisión fue tomada. Irónicamente cuando aun se podía hacer algo, muchas de estas personas decidieron no hacerlo.
El tiempo fue pasando y poco a poco la gente se iba retirando. Entre aquellos que aún quedaban en la habitación, resaltaban tres personas.
La primera persona era alguien que solía ser muy cercano, gran parte de sus vidas estuvieron relacionadas y vivieron muchas experiencias juntos. Posteriormente, el tiempo hizo lo suyo y los caminos se fueron alejando. Sin embargo, no solo se alejó esa persona, sino todo lo que significaba, la unión, el soporte mutuo y una parte de su identidad. Solucionarlo era demasiado tarde. La persona solo atinó a esbozar una pequeña sonrisa, una sonrisa por los buenos tiempos, por épocas mejores, pero cargada de malestar, malestar por la manera en que terminó. No dirigió palabra alguna, con las manos en los bolsillos, solo agachó la cabeza y después de unos segundos sin saber en que pensaba o decía, se retiró.
La segunda persona, era alguien que estuvo toda su vida con aquella persona, alguien que lo vio crecer, alguien que lo vio nacer y despedirse. Alguien quien lo cuidó y castigó, quien no solo exigía sino era también cariño y ¡vaya que cariño! De hecho duele saber que parte de esta persona cruzó el umbral también. No hay mucho que decir, la sorpresa fue indescriptible y solo la locura es la única manera de afrontar el suceso. La familia trata de brindarle todo su apoyo pero es en vano ¿Por qué muchas veces tenemos ese impulso de querer aliviar el dolor? A veces solo es necesario aceptarlo y dejar que siga su curso, el tiempo es el único que sabrá lo que deba durar.
La tercera persona se asomaba con cierta duda, con una mezcla de emociones extrañas: quería odiar, pero no podía, quería ser indiferente, pero no le salía. Si bien no tuvo tanto tiempo de conocer a esta persona como lo hicieron las otras dos, la huella que se dejaron el uno al otro será imposible de borrar, casi como una vida completa en pocos años. Que más se puede decir, solo que se acerca por última vez para una última despedida, una que entre todas las despedidas que tuvieron antes, es una que no quiere tener. Sería la última vez que vería su cara, sus ojos, su nariz, sus labios. Tal vez no fue el final que se imaginó esta persona, pero lo único que la conforta es pensar que tampoco era el final que quiso la otra parte. Quien sabe si en otro tiempo, en otro plano, puedan reencontrarse. Lo cierto es que no quería irse de ahí, aún así le dieran toda la eternidad para despedirse, la eternidad le sabrían a minutos, pero no hay más vuelta atrás. Una pequeña lágrima le recorría la mejilla, no porque no sintiera nada por la situación, sino porque esta persona ya le había hecho gastar muchas antes sin pensar que las necesitaría después.
Las horas fueron pasando, así como la gente por la habitación, ya casi no quedaba nadie. Se escucha unos pasos y un forcejeo débil permite abrir la puerta. A dos minutos para la media noche, entra por ahí aquella persona, aquella de la que tanto se lamentaban, de quien renegaba, de quien querían y también odiaban, pero ya no era la misma. La decisión estaba tomada, se cruzó el umbral, iniciaba una nueva vida.